La Mujer, entre la democracia y la opresión

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Varios siglos han transcurrido  para que finalmente a la mujer se le reconociera su calidad humana, social e intelectual. Prácticamente nacieron “marcadas” en la cultura Occidental cuando Aristóteles las describió como “vasijas que necesitan ser llenadas” o como “varones mutilados”. Más adelante Rousseau dijo que  “una mujer  ciudadana es un monstruo”. Con esa influencia intelectual, otros hombres notables “se la creyeron” y sin mayor análisis –algo raro en el científico- subrayaron, como Charles Darwin que hace la diferencia en aspectos biológicos: que la fuerza está en el hombre y la intuición en lo  femenino  y el psicoanalista Freud,  afirma que la mujer “padece de histeria por tener anatomía diferente”.

Todas estas ideas apuntaron en el pasado   a una arbitraria exclusión de la mujer en la toma de decisiones con base en la socio-biología… una típica  misoginia que también contagió al ilustre liberal Melchor Ocampo y su muy obsoleta “Epístola”, que es una vergüenza se siga leyendo  durante la ceremonia del matrimonio civil.  Un ingenioso juego de palabras de origen autóctono les construye el destino  con fatalidad: mujer, metate y petate.

El problema es que la desigualdad se combate o por lo menos se intenta,  aplicando principios distributivos y representativos, pero insuficientes si no están sustentados en políticas públicas de igualdad y no de género, como en la actualidad.  En algunas instituciones sociales o políticas, se acude incluso a aspectos sectorizarte:   “Formación política de la mujer”, “… sector femenino”,  “La mujer ciudadana” las seccionales, etc.

La política de género puede dar lugar a equívocos; será mejor y de rasgo democrático, ejercer una política de igualdad que intentaría desactivar las desigualdades en la educación, en la salud, en los cargos y en los ingresos.

En el libro “Justicia y política de la diferencia”, Iris Marion Young afirma que todos los colectivos integrados a la  opresión, el de las mujeres es el único  que padece los cinco; éstos son: explotación, violencia, carencia de poder e imperialismo cultural, sin incluir la explotación sexual, la trata y la prostitución. “El feminismo realmente político no debería tener ninguna fisura respecto de la denuncia de estos cinco rasgos de la opresión”, dice la investigadora.

En nuestra sociedad moderna, es necesario transformar el discurso y el enfoque economicista que se está aplicando a  la educación; por ejemplo, ya no  hablar del  alumnado,  sino de capital humano, de talento en lugar de capacidades, de competencia en lugar de conocimiento.  También revalorar las materias humanísticas en la educación que son las que desarrollan y  fortalecen el pensamiento crítico de las personas, una ruta rediseñada para llegar a la ciudadanía (calidad ciudadana) y a la democracia. De otra manera, el ser humano se convierte en fácil “recurso” para el rendimiento laboral, de manera mecánica y sin sentido.

La educación de la mujer para ejercer la democracia, estará entonces en la capacidad de ejercer sus derechos sin rivalizar, sino en buscar el complemento.  Mientras no tenga una plena conciencia de su valor como ser humano, quedaría a expensas de voluntades ajenas, permitiendo se le humille a cambio de beneficios efímeros. La compra de su voluntad es el mayor crimen social, y éste lo comete el hombre a quien se le  concede  ejercer su hegemonía.  Sólo la educación hará libre a la mujer.

Por María Doris Hernández Ochoa, Desde Tampico, Tamaulipas
Imagen tomada de internet (democraciasocialista.org)

 

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